Juan Carlos Romero eliminó de cuajo a Alfredo Olmedo de los carteles que los promocionaba en la calle como buenos y armoniosos compañeros de fórmula. A horas de haber denunciado una campaña armada sólo para destruir su material de campaña, aparecieron en la vía pública otros que muestran al procesado exgobernador y actual senador nacional junto a Guillermo Durand Cornejo.
En la ciudad no pasó desapercibido el cambio repentino ni la preferencia que ahora tiene Romero por el precandidato a intendente capitalino. Es demasiado notorio que Olmedo lo arrastra para atrás, no suma, le quita votos y su presencia es negativa. Al sojero lo abandonó el halo que lo amparaba y fue arrumbado en el interior donde nadie lo escucha ni lo ve.
Las grietas del frente Romero + Olmedo ya no se pueden disimular. El forzoso entrevero comienza a supurar por las rendijas; las diferencias de origen, conceptuales y hasta filosóficas son abismales.
La alianza se cae y a pedazos. Nada la sostiene. Romero sigue posando con sonrisa forzada porque necesita llegar al poder para seguir esquivando a la Justicia que le pide explicaciones por nueve causas que lo acusan de enriquecimiento ilícito durante los 12 años que le sacó provecho a la gobernación, en beneficio propio y de su familia.
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